Tuiteaba hace unos días Álvaro Wasabi lo siguiente: “no conozco a nadie que gracias a la IA trabaje menos horas”.
Encaja bien su sentencia con algo que vengo discutiendo en conferencias y artículos sobre mejoras de productividad. Cuando en los años 90 se popularizaron las hojas de cálculo, el salto productivo fue descomunal frente a la calculadora y los libros de cuentas. Pero yo tampoco conozco a un contable, un controller o un director financiero que baje de las ocho horas diarias. (View Highlight)
El impacto fue por otros derroteros: hoy hasta los profesionales independientes y las pequeñas empresas podemos llevar una contabilidad estricta. Además el nivel del análisis y la predicción financiera de las compañías se elevó. Pero justo eso hace que las propuestas de OpenAI o el pronóstico Bill Gates, según los cuales la inteligencia artificial nos abrirá las puertas a la semana de cuatro días o de quince horas suenen entre ingenuos y a venta de mercancía escacharrada. (View Highlight)
Es más, el minuto y resultado ya lo hemos contado por aquí. Ahora que tenemos inteligencia artificial, trabajamos más: estudios y testimonios muestran trabajadores haciendo malabares con múltiples agentes, supervisión constante robando horas al sueño y FOMO por la oportunidad que se abre, startups que resucitan jornadas extremas tipo “996”. (View Highlight)
Algo más formal, Adam Shaw en FT plantea un modelo económico que revisa la situación a medio y largo plazo por el efecto Baumol: a corto plazo, algunos trabajadores más productivos gracias a la IA podrían elegir entre trabajar menos manteniendo ingresos o trabajar igual y consumir más. Pero, a escala macroeconómica, si muchos optan por seguir trabajando y consumir más, la demanda agregada sube, los precios también, y quienes eligieron más ocio pueden acabar obligados a trabajar más para mantener su nivel de vida. (View Highlight)
Para encontrarlos sirve de ejemplo el estudio de Repsol con Microsoft y Avanade (también en EP) de 2024: el trabajador medio ahorraba 121 minutos brutos a la semana con Copilot, y reconocía que dedica parte de ese tiempo al cuidado personal, al bienestar y a “temas espontáneos o tiempo de cohesión con compañeros”. Después de aplicar factores de ajuste, la ganancia neta en productividad para la empresa baja a 15 minutos. Esos 106 minutos son ganancias de productividad que captura el trabajador para pensar mejor, hacer las tareas con más cuidado o, como nos gusta recordar en monos estocásticos dado que este es uno de nuestros estudios fetiche, comentar la actualidad en la máquina del café. (View Highlight)
Desde entonces mucho se ha escrito sobre la entrada de la IA en “la tecnología en la sombra” ya no consiste sólo en usar el móvil personal en lugar de dispositivos de la empresa para acceder a lo que el departamento de IT no permite. Empezó con la adopción de ChatGPT para asistir en tareas puntuales y en los últimos meses ya estamos con la implantación de agentes y elvibecodingde pequeñas apps. Cinco Días cita a ESET, siempre atenta a alertar de peligros terribles, que apunta a un 78% de usuarios profesionales usando herramientas de IA no autorizadas y hasta un 20% de organizaciones con brechas por esta causa. (View Highlight)
Entre 1900 y 2005, la productividad estadounidense se multiplicó varias veces, pero ese salto apenas se tradujo en más ocio para la población adulta en edad central de trabajar. Según Ramey y Francis, el tiempo libre semanal de ese grupo era prácticamente el mismo en 2005 que en 1900. (View Highlight)
Creo que no me equivoco demasiado en pronosticar que si la promesa de trabajar menos tiene alguna posibilidad de cumplirse, no será por la mecánica del mercado ni por la generosidad de los CEOs: aunque en algunos casos se intente, la falta de coordinación entre los distintos actores nos lleva a que las empresas que lo propongan pueden quedar en peor posición competitiva o el impacto en el poder adquisitivo del efecto Baumol que hemos comentado. Lo que sí puede mover la jornada es que entren leyes, negociación colectiva y presión de los trabajadores y organizaciones políticas.
La conversación pendiente sobre la inteligencia artificial y el trabajo no es si aumentará la productividad, eso parece cada vez más difícil de negar, sino quién será capaz de capturarla. Y de momento, el único sitio donde se está trabajando menos es ese hueco en la sombra donde un empleado de Repsol cierra su asistente IA a las 13:30 y dedica un buen rato a buscar dónde comer mientras conversa con los compañeros. (View Highlight)