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  • Atenea García y Laura Pujals recogían en El País en dos piezas un informe de la Universitat Autònoma de Barcelona que advierte que el absentismo a las clases universitarias se ha convertido en un fenómeno estructural y crítico, agravado desde la pandemia. En algunas asignaturas la inasistencia alcanza el 40%, y aunque algo más de la mitad del alumnado afirma asistir casi siempre, uno de cada cuatro reconoce acudir solo a la mitad de las sesiones.
    Los alumnos señalan principalmente problemas de salud y familiares (32,3%) y desmotivación académica (15,6%), seguidos de factores externos, de autoeficacia y relacionales. Muchos señalan que la metodología docente resulta clave para evitar ir: clases poco dinámicas, exceso de teoría desconectada de la práctica y falta de claridad. A ello se suman factores institucionales como horarios rígidos, sobrecarga académica, escasa coordinación entre profesores y el fácil acceso a materiales digitales fuera del aula. Además, ocho de cada diez estudiantes priorizan obtener el título para acceder al mercado laboral, lo que refuerza un aprendizaje más superficial. (View Highlight)
  • Recopilo algunos análisis que me han resultado interesantes. Arias Maldonado en The Objective sostiene que la tendencia es anterior a la pandemia y coincide con la implantación del Plan Bolonia y la generalización de los repositorios digitales y defiende que la universidad debe seguir siendo un espacio de libertad individual y no una prolongación del instituto; David Jiménez en El Mundo apunta que no cree que “un regreso al tipo de universidad que nos gustó a nosotros necesariamente fuera a gustar a todos aquellos estudiantes que no son -y nunca van a ser- como éramos nosotros”; Mª Ángeles Quesada y otros en The Conversation tienen una actitud propositiva para que ir a la clase vuelva a merecer la pena; Ismael Peña-López en LinkedIn plantea, en una línea diferente, que hay que repensar por completo el sistema, un cambio integral de gobernanza del aprendizaje, no parches sobre un modelo agotado que solo sobrevive por inercia.


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  • Al mismo tiempo, vivimos el fenómeno de la “inflación de notas”. Julian Estévez en su lista recopila cifras (en universidad, pero también en el instituto) y las explica a partir de cuatro mecanismos que se refuerzan: el sesgo del docente, que ajusta inconscientemente el listón para mantener la proporción de aprobados que tiene interiorizada; el diseño de la evaluación, ya que las asignaturas con notas subjetivas e imprecisas inflan más que aquellas con evaluaciones múltiples e independientes; las reformas mal calibradas, como los cambios en la Selectividad española; y la presión institucional sobre el profesorado, donde las encuestas de satisfacción estudiantil penalizan al docente estricto. (View Highlight)
  • Sobre el mismo tema, Roy Baumeister (en inglés) que apunta a que el problema está en los institutos pero también en los incentivos del sistema estadounidense. Los alumnos llegan a la universidad con notas altas pero sin las habilidades necesarias para asumir el nivel de exigencia tradicional. Ante esto, muchos profesores simplifican exámenes y suben notas, presionados además por las evaluaciones estudiantiles que pueden afectar su salario, promoción o titularidad. A esto se suma un incentivo perverso del sistema: las universidades son evaluadas por sus tasas de graduación, lo que lleva a los administradores a presionar contra los docentes que reprueban, debilitando los estándares académicos y convirtiendo a los estudiantes de “producto” en “clientes” a satisfacer. (View Highlight)
  • Ya discutimos en la Causas y Azares como “la dinapenia es la gran enfermedad de nuestro siglo porque es lo que nos llevará a ser dependientes” y entrenar fuerza es clave para luchar contra ella o ese punto de que ya no hay una ruptura entre la persona madura y la anciana, que llega a los 70 bailando rock, levantando pesas y en la portada de las revistas.
    En todo caso cabe recordar que pueden obtenerse beneficios para la salud con apenas cinco minutos al día, como recoge Daniel Mediavilla en El País. Además, como por aquí casi siempre citamos a Marcos Vázquez, cito el estudio que compartió hace poco: “Las personas que tienen relaciones sexuales una o dos veces por semana viven más que las que tienen menos… pero también que las que tienen más” (al tratarse de un estudio observacional, es probable que la actividad sexual sea reflejo de la salud y no su causa). (View Highlight)
  • “Cada vez más parejas se divorcian y casi todas ellas lo hacen en la franja de los 40 a 50 años, lo cual supone un enorme número de solteros que, tras años en pareja, son arrojados de nuevo a un mundo, el de las citas y el ligue, que ha cambiado por completo” Marita Alonso en Icon de El País. Aunque la pieza abunda en los testimonios escogidos y los datos ofrecidos por agencias, conecta muy bien con la desorientación del nuevo divorciado.
    Me gustó mucho la historia de David Spiegelhalter, tal como la cuenta en The Guardian (en inglés): tras su separación empezó a quedar con el mismo grupo de hombres, le fue tan bien que van ya 36 años reuniéndose. La pieza habla de aprender a ser padre soltero (bueno, divorciado), una sensación de pertenencia y camaradería, un “espacio seguro” para hablar sobre sus problemas y preocupaciones. (View Highlight)