Hace muchos años, casi veinte, la profesión de quienes definimos lo digital empezaba a madurar. Se le notaban aún los rasgos de sus padres —la vocación de uso del diseño industrial y la inclinación narrativa del gráfico—, pero ya se afirmaba como algo único. No como un bebé ni como un adulto, sino como un adolescente fuerte, seguro e insolente que le planta cara a sus padres. (View Highlight)
Quienes diseñamos productos digitales también trabajamos las capas intermedias. En nuestro caso, estructuramos la que hay entre una persona y lo que desea lograr: la interfaz entre persona y función. (View Highlight)
No diseñamos el viaje, sino el sistema para comprar los billetes.
No llenamos la nevera, tan solo preparamos el espacio digital donde se exponen y se compran esos productos.
No creamos ahorros ni inversiones, sólo pintamos las pantallas donde se dan las órdenes para mover el dinero. (View Highlight)
Las empresas para las que trabajamos suelen ser lo que llamamos “de servicios”: bancos, aseguradoras, touroperadores, aerolíneas… alquilan habitaciones, controlan tu salud, proyectan películas en tu televisor, mueven tu mercancía o te mueven a ti por la ciudad.
Son, esencialmente, capital, operativa y marco legal. Dinero, procesos y leyes que regulan cómo y dónde pueden operar y cuáles son las fronteras entre la comida que vende Mercadona, los seguros de Mapfre y los datos de Jazztel. (View Highlight)
Hace dos años describí en un podcast cómo la inteligencia artificial estaba cambiando la capa entre persona y función: de interfaz gráfica a interfaz conversacional. Lo titulé El fin de la interfaz. (View Highlight)
Lo que me pone la piel de gallina está más allá: los procesos que resolvían esas funciones (ahorrar, moverse o alimentarse) eran lo que diferenciaba a una empresa de otra. La especialización era necesaria porque el capital y las operaciones eran caras en tiempo y dinero. (View Highlight)
Tecnología, producto, marketing, ventas, soporte… Las operaciones costaban millones de horas hombre. Hoy empiezan a costar decenas de horas máquina. (View Highlight)
Para el cliente, una empresa es una máquina que resuelve necesidades a cambio de dinero. Lo hace en forma de productos y servicios, que son formas estandarizadas de resolver esas necesidades. No como a ti te gustaría, sino como mejor encaja con cada segmento, para lograr el mayor lucro. (View Highlight)
Ayer, un chico publicó cómo en horas había hecho una app que le observaba entrenando en casa y le daba consejos, en tiempo real, para optimizar sus ejercicios.
Yo estoy haciendo lo mismo con mi nutrición, para corregir algunos déficits que arrastro. La app me va dando pautas en tiempo real, ajustando mi dieta según voy comiendo. Esto sólo ha empezado. (View Highlight)
Los agentes de IA son ya capaces de responder a tu necesidad creando estructuras y operativas a medida de tu contexto.
La estandarización empieza a dejar de tener sentido.
Y sin estandarización, el producto digital pierde su razón de ser. (View Highlight)
Lo que ha muerto no es la interfaz… sino la intermediación.
Y con ella, el producto y la empresa como los conocemos hoy.
Ahora es cuando alguien dice: “No, pero el marco legal (View Highlight)
Una escuela, una universidad, el Instituto Tramontana… operan con la misma lógica que cualquier empresa: respondemos a la necesidad de aprender mediante programas estandarizados y operativas consolidadas.
Un programa es un producto. No le damos a cada persona lo que pide; le pedimos a cada persona que se adapte a lo que damos. (View Highlight)
“Si pudieras empezar de cero hoy, con toda la tecnología a tu alcance, ¿cómo lo harías? ¿Qué mantendrías y qué no?” (View Highlight)
Luego me di cuenta de algo: esa Viena de fin de siècle duró muy poquito. Entre 1890 y 1920 cambió todo.
La electricidad domésticaEl cineLa radioEl motor de explosiónLa aviaciónEl automóvilLa producción en cadenaLa urbanización masiva…
¿Sigo? Cayeron los imperios: el austrohúngaro, el otomano, el Segundo Reich y hasta se finiquitó el español. El marxismo llegó al poder y, por si fuera poco, estalló el mayor conflicto bélico que había conocido la humanidad.
Cuando una tecnología cambia la energía, la producción y la comunicación a la vez, no cambia un sector. Cambia la civilización. En treinta años. (View Highlight)
Cada día recibo la noticia de alguien de mi sector que se queda sin trabajo. Proyectos que se paran, presupuestos que se congelan… (View Highlight)
Y a la vez, veo a otros hablando de Figma, de IA para sistemas de diseño, de onboardings, features o testeo… Nos veo desde fuera… somos señores con levita y señoras con corsé en la Viena de 1890, moviéndonos en carrozas, discutiendo sobre sus acolchados artesanales y sobre la manera en que se fabrican. (View Highlight)
Hace unos meses publiqué en redes una esquela por la muerte del diseño digital. Era algo satírico, un poco por provocar. De nuevo, algunos no entendieron nada. Otros se rieron. Hoy no lo habría publicado porque empiezo a pensar que ya no tiene ni puta gracia. (View Highlight)
Algunas personas me piden tomar un café: ¿En mi lugar qué harías, Javier? ¿Me especializo en UX? ¿En producto digital? Intento evitar esas conversaciones, porque no quiero provocar angustia, pero tampoco quiero mentir. Si no tuviese pelos en la lengua les diría:
Corre, en la dirección que sea. (View Highlight)