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Highlights

  • Hoy estamos ante una suerte de nuevo monolito. Lo llamamos inteligencia artificial. Y el patrón se repite con una fidelidad casi cómica: unos gritan, otros retroceden, y algunos extienden la mano. Pero este texto no va sobre inteligencia artificial. Va sobre por qué llevamos miles de años contándonos la misma historia y nos toca volver a escucharla. (View Highlight)
  • Hay un momento en la Queste del Saint Graal, el texto anónimo del siglo XIII que fijó para siempre la leyenda artúrica, que Joseph Campbell consideraba una de las escenas más reveladoras de toda la mitología occidental. Los caballeros de la mesa redonda han decidido partir en busca del Grial. Tienen un ejército, armaduras, caballos y la bendición del rey. Lo lógico sería esperar que partieran unidos. Pero toman una decisión insólita, sería una vergüenza marchar en grupo. Cada uno entrará en el bosque por un punto que haya elegido, allí donde sea más oscuro y no haya caminos trazados. Si hay un camino, dice Campbell, es el de otro, y ya no estás en la aventura. Caballeros armados hasta los dientes eligiendo, voluntariamente, el punto del bosque donde no ven nada. Salen a buscar algo que ni siquiera saben qué es exactamente. Y eso es lo extraordinario, no van hacia un objetivo, van hacia su transformación. En el siglo XIII los peregrinos del Camino de Santiago hacían algo parecido. Se calcula que el 75% moría antes de llegar a Compostela. Iban igualmente. No a pesar del riesgo, sino porque este era parte inseparable de lo que buscaban. Para Jacques Le Goff, el peregrino medieval no era un viajero: era un expatriado voluntario, alguien que se arrancaba de su mundo para hacer un viaje iniciático. (View Highlight)
  • La tentación habitual de nuestra época es exactamente la contraria. Ir en grupo. Seguir la ruta trazada. Apuntarse a la clase de. Buscar el atajo en lugar del bosque. Pero el Grial no se encuentra por el camino más corto. Se encuentra por el camino que no existe todavía. De hecho, no importa no encontrarlo. Todo lo que vengo escribiendo podría sugerir que estamos ante un momento excepcional. Que la inteligencia artificial es un umbral sin precedentes. Que este monolito es distinto. No lo es. (View Highlight)
  • Platón lo narró maravillosamente hace veinticuatro siglos. Unos hombres encadenados en una caverna ven sombras en la pared y las llaman realidad. Uno se libera, sale a la luz, y lo que descubre, el sol, le destroza los ojos. Cuando baja a contarlo, nadie le cree. Prefieren matarle antes que aceptar que las sombras no eran el mundo real. Esa parte del mito se cuenta menos. Quizá porque incomoda, el que ve la luz no recibe aplausos, recibe hostilidad. La caverna no es un mito más. Es el molde del que salen tantos otros. El monolito de Kubrick es la boca de una caverna. El bosque del Grial es el camino de salida. Porque la humanidad vive dentro de una caverna perpetua, y de vez en cuando alguien señala un camino, y cada vez ocurre lo mismo: miedo, resistencia, travesía, transformación. La inteligencia artificial es, sencillamente, la última pared donde se proyectan sombras nuevas. No estamos ante un cambio sin precedentes. Estamos ante el cambio de siempre. (View Highlight)
  • En los últimos doscientos años hemos hecho algo que ninguna civilización anterior consiguió con tanta eficacia, productivizar el saber. Convertir el conocimiento en herramienta, en métrica, en ventaja competitiva, en líneas de un currículum. Saber para algo. Hemos construido sistemas educativos, empresariales y culturales enteros sobre la premisa de que el conocimiento vale en la medida en que produce. Que aprender es invertir (“invierte en ti mismo”, me reta una marquesina anunciando una academia de inglés). Que lo que no se mide, no cuenta. Y al hacerlo nos convertimos en máquinas. Ponemos artificio en nuestra inteligencia. Ahora llega la inteligencia artificial y hace exactamente eso, trazar conocimiento hacia un objetivo, mejor que nosotros. Más rápido, más barato, sin cansarse. Y el pánico que sentimos no es miedo a la IA. Es el vértigo de mirarnos en un espejo y descubrir que llevábamos décadas viviendo como ella: acumulando saber útil, optimizando respuestas, midiendo el conocimiento por su rendimiento. (View Highlight)
  • Hoy, la máquina no nos está sustituyendo. Nos está retratando. Pero hay un saber que la máquina no puede tener. No porque le falte potencia, sino porque le falta necesidad. El saber humano, en su forma más profunda, no está orientado a ningún objetivo. No produce nada. Pero te cambia. Te deja distinto. Te saca de la caverna, no porque fuera haya algo rentable, sino porque sientes que tu sitio ya no está ahí. El caballero del Grial no busca el cáliz para venderlo. El peregrino no camina setecientos kilómetros para optimizar una ruta. El prisionero de Platón no sale a la luz porque le resulte útil. Salen porque algo dentro de ellos se ha roto y la única forma de repararlo es el viaje. (View Highlight)